18 de mayo de 2007

“El Malestar En La Sociedad, La Pobreza”

La pobreza constituye hoy un malestar predominante a resolver. Es el mayor desafío para la humanidad: tanto así que en septiembre del 2000, los jefes de Estados y de Gobiernos de 147 países y 42 ministros y representantes de delegaciones, esbozaron un plan estratégico para enfrentar de manera decisiva este problema.

En el marco de la Asamblea General de las Naciones Unidas de ese año, quedaron establecidos los Objetivos de Desarrollo del Milenio, a ser realizados para el 2015. Esas metas podían ser consideradas inalcanzables para muchos de los países involucrados, de no llevarse a cabo las gestiones necesarias.

Dicha percepción partía de la existencia de factores sociales y políticos excluyentes que limitarían su consecución.

Este hecho fue -y aún es- el principal punto de reflexión del mundo contemporáneo.

Si profundizamos en lo planteado en este preámbulo, concluiremos en que la pobreza, más que ser el principal mal de la sociedad, es “el malestar en la sociedad”. Sin embargo, muchos autores consideran que el único malestar existente es la proliferación del capital, lo que equivale a decir el sistema capitalista y la forma en que éste opera o actúa en la economía globalizada.

En el pensamiento marxista el sistema capitalista constituye un malestar, ello así porque los pensadores de esta corriente entienden que en el mercado –como tal- existe heterogeneidad entre los factores de producción. Se entiende que en el mercado capitalista existen fallos que determinan una distribución no equitativa de las riquezas.

No obstante, a nuestro entender la pobreza constituye -por si sola- el malestar que atrofia nuestra sociedad y esquemas de vida. Contrario a lo que se establece en muchos planteamientos, hoy por hoy la pobreza representa el mayor obstáculo, el mayor desafío para mejorar el nivel y calidad de vida de los seres humanos. Esto ocurre no sólo en América Latina, sino en el resto del mundo

Para mejorar las condiciones de vida debemos generar otro tipo de bienestar, en el que predomine una mejor distribución de las riquezas, medido a través de un parámetro de “bienestar genuino”. En este caso el bienestar genuino no dependería de un elevado nivel de consumo, sino de la calidad de vida de los seres humanos[1].

Hoy son notorias las brechas sociales, la disparidad en la distribución de las riquezas y el ingreso, las que representan un escollo para liberar el factor social. Estos elementos, en suma, atentan contra el nivel de vida y el bienestar común.

La pobreza y el reparto mismo del pastel (concentración y centralización del capital) se enfocan en ampliar las brechas macrosociales (educación, salud, empleo, acceso a información, democracia justa y la gobernabilidad misma). Violentan el derecho mismo que tiene la población a un nivel digno de vida, ya sea medido en términos absolutos -línea de la pobreza- o términos relativos -comparaciones entre estratos de ingresos[2].

Una forma efectiva de crecimiento y desarrollo se puede lograr con un mayor uso del capital ocioso. Reducir la pobreza y la brecha productiva tiene que ver con el buen uso del capital productivo (capital financiero y humano); entonces, para combatirla se hace necesaria una reforma contractual: la democratización de los bienes, una “reforma de las reformas”, que podríamos llamar “cambio democrático”.

Del mismo modo, los incrementos de la productividad pueden ser un factor de crecimiento, pero no necesariamente se traducen en desarrollo. Por lo tanto, una condición sine qua non para lograr desarrollo y mayor desempeño, tiene que ver con una mayor focalización y asignación de los recursos, además de convertir el crecimiento en desarrollo. Inversión en capital humano: educación, empleos, salud y seguridad social.

Por otro lado, las reformas económicas e institucionales en general, han demostrado ser ineficientes en la mayoría de los países de la región, en el sentido de que la baja inversión y la falta de transparencia institucional no han sido consecuentes con la búsqueda del desarrollo. Las evidencias empíricas están al cruzar las calles, se reflejan en el pobre desempeño de la formación bruta de capitales y la injusta distribución del ingreso.

En la mayoría de los países latinoamericanos se vislumbra un nivel de desarrollo considerable; empero, 40% de los hogares se encuentra bajo la línea de la pobreza, sin protección social básica. Esta situación afecta a más de 213 millones de personas, más de 88 millones de las cuales viven en condiciones de extrema pobreza[3].

La falta de equidad demuestra, una vez más, que la pobreza” sigue siendo –sin lugar a dudas- el malestar en la sociedad”.

El crecimiento que logró AL durante los últimos años, 2004, 2005 y 2006, no se corresponde con el nivel de ingreso per-cápita y mucho menos con la generación de fuentes de empleos calificados.

El producto interno bruto de América Latina expresó valores promedios de 6%, 5% y 7% durante los años en cuestión (2004-2006); en cambio, los niveles e índice de pobreza crecieron paulatinamente, mostrando una disyuntiva e irreciprocidad entre los niveles de ingreso, crecimiento y generación de empleos. El ingreso per-cápita para estos años reflejó un detrimento de las condiciones de vida de la colectividad en el orden de 4.4%, 3.0% y 3.2%.

En suma, una manera de dinamizar el crecimiento económico y reducir el malestar en la sociedad, la pobrezasería generando condiciones de vida y de bienestar social. Hay que enfrentar las ineficacias que encausan “pobreza” mediante una política macroeconómica centrada en la estabilidad de precios, control del déficit fiscal y el adecuado uso del capital productivo.

Al final de cuentas, todo esto se traducirá en mayores fuentes de empleos, mayor crecimiento, mayor desarrollo y la reducción efectiva de "la pobreza", y por ende, el cumplimiento de los Objetivos de Desarrollo del Milenio.

[1] Win Dierckxsens, “El Ocaso del Capitalismo y la Utopía Reencontrada”. Marzo 2003, Ediciones desde abajo, Bogota, Colombia. Pág. 170.
[2]

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