Los países que hoy día viven en “democracia” la sustentan como un ideal, un estilo de vida, basado en el respeto a la dignidad humana, la libertad y los derechos de todos y cada uno de los ciudadanos.
Conforme al informe “Democracia, Pobreza y Desigualdades en Centroamérica, Panamá y Republica Dominicana” del PNUD, la mitad de la población de esta subregión inició el nuevo milenio con ingresos insuficientes para adquirir los bienes de consumo que satisfacen sus necesidades básicas, es decir que 49.7% de esa población –la mitad- vive en situación de pobreza, 39.85% en toda América Latina(AL) vive en igual condición.
Una de las grandes carencias en América Latina (AL) es que, en los 18 países de la región, existe una gran incapacidad para general fuentes de empleos y una mejor distribución de las riquezas. Por estas razones, más de la mitad de los latinoamericanos (54,7%) apoyarían un régimen autoritario, si éste le solucionara sus problemas económicos[1]. Esta mentalidad es fruto de las divergencias que existen en AL, citadas algunas en el presente artículo.
Del mismo modo, el economista, Amartya Sen, entiende que ninguna democracia ha sufrido nunca una gran hambruna, incluidas democracias que no han sido muy prósperas históricamente, como India, que tuvo su última gran hambruna en 1943, sin embargo, el contraste se vive a diario en los países de América Latina y África, donde cientos de latinos y africanos viven en extrema pobreza y cientos de miles mueren por inanición.
Acaso será que, contrario a lo que plantea Amartya Sen, exista una relación inversamente proporcional entre democracia y justicia, entiéndase está última como un medio para eliminar la pobreza o un sinónimo de igualdad e inclusión social.
Esta relación inversa se puede explicar, por un lado, en los países con mayor nivel de democracia con justicia y los que poseen democracia con pobreza. Los primeros, poseen mejor distribución de las riquezas, conjugadas a un mayor índice de desarrollo humano, un mayor ingreso per-cápita y un índice menor de pobreza.
Por el contrario, en los países pobres existe una “democracia” incipiente que a mayor ingreso nacional disponible mayor disparidad social, expresada en un mayor índice de pobreza, un menor nivel de ingreso per-cápita y un menor índice de desarrollo humano. Será a caso esta disparidad una forma justa de democracia, o acaso es una forma democrática de hacer justicia y distribuir al mejor postor el pastel.
Ciertamente, los retos de los pueblos son cada día más injustos. Y está es una de las razones por la que debemos producir “un cambio democrático” en el que los más pobres tengan mayores oportunidades, tales como acceso a educación, salud, seguridad social y sobre todo, que haya justicia para todos.
Un mundo donde prime la transparencia, se elimine la corrupción y que todos los ciudadanos vivan en armonía con “Dios”. Los cambios y las reformas que demandan nuestros Estados deben traducirse en “desarrollo democrático” con apego a la libertad, seguridad ciudadana y justicia.
[1] Ver informe “La democracia en América Latina” del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, PNUD. Pág. 33 y 133.
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